Lectura de Relatos Pedagógicos
 
     
 

“Detrás de cada rostro hay una historia…”

 
Hace ya casi tres décadas que transito como docente diferentes niveles del sistema educativo de nuestro querido país, desde los primeros grados hasta la universidad. A lo largo de ese tiempo he vivido experiencias de diferente tenor académico, emocional, intelectual y personal. Sin embargo, hubo un factor común sostenido en mi manera de encarar cada situación de enseñanza-aprendizaje, siempre necesité crear un muy buen clima ente todo el grupo humano con el que debía compartir el trabajo, -lo que supone respeto, cierto orden, vínculos de camaradería y solidaridad, capacidad de escucha, afecto, etc.-

Entiendo que no puede darse una verdadera situación de aprendizaje si no hay una buena disposición e intencionalidad de parte de cada uno de los participantes involucrados. En ese marco he tratado de desempeñarme, lo que por supuesto no ha sido nada fácil, dado que en muchas oportunidades los estudiantes portaban una carga de vivencias e historias personales y contextuales tan complejas, que la presión resultante operaba como un condicionante muy significativo para su propio y natural crecimiento, tanto intelectual, como académico y personal, porque su atención y preocupación estaban colapsadas por su propia problemática.

En los últimos años el contexto socio-cultural-económico-político y familiar de los alumnos que asisten a nuestras instituciones educativas del conurbano en general, es tan complejo, que no resulta para el docente una tarea simple instalar, crear, sugerir un clima de trabajo cordial, grato, de atención, cordialidad, ganas de aprender, sobre todo si los temas a desarrollar tienen que ver con Derechos Humanos, Ética, Filosofía, Valores –qué paradoja, con lo importante que hoy sería debatir estos temas para construir la generación próxima-, teniendo en cuenta que, por ejemplo, en algunos grupos de adolescentes, los valores y principíos de los que yo querría hablarles y provocar un debate y razonamiento a partir de situaciones dilemáticas cotidianas, han crecido en un ambiente familiar y social que no propicia precisamente la cultura del trabajo, del respeto, de la honestidad, del esfuerzo como promesa de progreso personal y social, etc.

No escapa a un análisis serio del contexto, la necesidad de reconocer que a veces, toda esta situación obedece a la falta de oportunidades y a la desigual distribución de bienes culturales, saberes, derechos, que más allá de las floreadas oratorias de nuestros políticos, la redistribución de la riqueza impacta poco en la realidad cotidiana de los ciudadanos más cadenciados.

Planteado esto, vuelvo al relato de la vida en mis aulas….

…Un buen día, luego de largos minutos dedicados a centrar la atención del grupo de alumnos de 1° año de Polimodal, en la EMN N° 2 de G.R., y cuando todo parecía anunciar un desarrollo armónico de la clase de Derechos Humanos, un alumno, Juan, desde el fondo del aula, comienza a discutir con un compañero, utilizando un vocabulario por demás inaceptable. Trato de calmarlo, en vano le pido que se tranquilice, y preste atención a la clase. Entonces, se violenta, comienza a decir cuantas barbaridades se cruzan por su mente, y se encamina hacia mí, tirando a su paso cuanta silla y mesa se le interponen. Me enfrenta y exclama:

-“Ud. no puede retarme. Yo no puedo tener problemas en la escuela”…

-“Entonces no los provoques” –respondo-.”volvé a tu lugar y participá como corresponde en la tarea del grupo”

-“Quiero hablar con usted” –expresó-.
-“Ahora debo seguir con la clase. Más tarde, cuando te calmes, hablamos”. -dije-.
Al rato, y luego de presentar el tema del día y sugerir una actividad de reflexión a los alumnos a partir de un texto –el cual paradójicamente se refería a la igualdad de todos los seres humanos y sus derechos ante la ley, respaldados por su dignidad de personas, por lo cual todos deben ser respetados como ciudadanos, sin importar su condición social, económica, racial, etc.-, volví mi atención al alumno Juan.

En esa oportunidad, manifestó su necesidad de hablar conmigo en privado, sin que escuchen sus compañeros. Le pedí entonces que saliéramos al pasillo, para estar más tranquilos, porque no podía abandonar al grupo a mi cargo. Accedió y allí se despachó con su historia, y yo quedé paralizada, destruída. Juan tenía 17 años, y había estado detenido en una cárcel para adolescentes, recientemente creada en un distrito vecino, por varias causas –asalto a mano armada, tenencia y venta de drogas, violencia callejera, etc.- Durante su detención, y en ocasión de impedir que un compañero de celda le robara sus zapatillas y además, lo apuñalara, le arrebató el arma –una faca elaborada por ellos mismos con los elásticos de sus colchones y un pedazo de tela para armar su puño- y fue él quien lo hirió de dos puñaladas en el abdomen.

Luego de un penoso y largo proceso, la jueza decidió que su permanencia en ese lugar agravaría aún más su conducta y su situación, incrementando su violencia. Fue entonces cuando le propuso un acuerdo: ella le otorgaría la posibilidad de dejar la celda y ocupar un lugar en la escuela, a cambio de un buen comportamiento y acreditación de avance académico.

Durante su charla conmigo, no podía dejar de mirarlo a los ojos y entonces miles de imágenes se presentaban en mi mente. Mis hijos tenían edades similares a la de Juan, y probablemente les tocó una vida diferente donde primaron el estudio, la vida en familia, el deporte…. ¿Sería así? ¿Sólo cuestión de suerte? O acompañamiento, presencia familiar, contacto con modelos de trabajo, de esfuerzo, de proyectos de futuro, de estímulo y aplausos ante los logros, de escucha y contención en los momentos más difíciles y duros, grupos de pares con intereses comunes y familias más o menos estables…escuela y compañeros que formaban parte de un proyecto inspirado en valores compartidos……

Tomé conciencia que la formación integral de nuestros jóvenes alumnos necesita de varios puntos de apoyo trabajando juntos: familia, en primer lugar, luego sociedad en la que se insertan, grupo de pares y finalmente, institución educativa, con un rol fundamental de promoción integral.

Lo ideal sería la comunión de intereses entre todas estas dimensiones para avanzar hacia el mismo objetivo: el desarrollo pleno de la persona. Pero si alguna de esas cuatro patas está más débil, o falla, es necesario que el resto refuerce su apoyo para sustentar al sujeto, evitando su quiebre y facilitando su trayectoria hacia su desarrollo pleno, sano e integral.

Charlamos un rato Juan y yo…me confesó que sus padres no podían con él, que sus amigos estaban en “la fácil” –vagancia, droga, delito- y que no había tenido otra chance, que no había conocido otras oportunidades, nadie confiaba en él.

En ese momento se me ocurrió recordarle mi viejo aprecio por ese alumno que cada tanto me volvía a visitar en Primer Año, y mi disposición a acompañarlo en esta etapa difícil, en este desafío de “hacer buena letra en la escuela”, para no volver a caer en un calabozo. Le prometí que podía confiar en mí, que estaba dispuesta a contenerlo y apoyarlo en su tarea, a cambio de su compromiso de respetar las normas de la escuela y las responsabilidades inherentes a los diferentes Espacios Curriculares que cursaba.

Y funcionó….no sin dificultades y mucho esfuerzo…..Juan pudo cumplir el acuerdo personal que estableció aquel día conmigo y llegó a fin de año sin grandes lucimientos, pero también sin grandes dificultades académicas, aprobando casi todos los exámenes.

Comprendí que siempre tendremos mucho que aprender respecto a nuestros alumnos, que para ser un buen docente, no basta con dominar perfectamente un campo del saber disciplinar, ni tener buen manejo de los grupos, y aplicar dinámicas de trabajo novedosas y motivadoras, es preciso –recordando al Maestro Paulo Freire-estar alertas a las señales que nos envían los alumnos detrás de esas caras a las que parece no importarles nada ni nadie, prestar escucha y afecto por el otro, no es verdad que estén más allá del bien y del mal, porque detrás de esas miradas hay una historia, una vida llena de angustias y miedos, quizá de soledad, de abandono, de grandes carencias, pidiendo ayuda para salir adelante y construir otro proyecto diferente, antidestino prefijado fatalmente por algunos adultos que condenan aún más a nuevas marginación.
Hay que aprender a descifrar, decodificar esos signos, porque efectivamente detrás de cada rostro hay una historia, y a veces con ayuda, puede ser cambiada por otra historia mejor.

 
     
 
Título:

“Detrás de cada rostro hay una historia…”

 
Autor/es:
Balleto, Maria del Carmen
 
Institución:
-
 
Localidad / Provincia:
Luján / Buenos Aires
 
Nivel Educativo:
Educación Secundaria
 
Categoría/s Educativa/s:
 
Temática/s Pedagógica/s:
Alumnos reales, alumnos ideales
Encontrarle la vuelta
Escuela y dolor
 
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Coordinador CAIE:
Balleto, Maria del Carmen